El aroma a choripán en la esquina de Bolívar y Pellegrini tenía un condimento extra esta vez: la expectativa de lo nuevo. No era solo el primer partido del año; era el reencuentro de un pueblo que decidió resetear la memoria y volver a creer. Desde temprano, las calles aledañas a La Ciudadela fueron un hormiguero de camisetas de San Martín, presagiando que la convocatoria no iba a fallar. Y no falló. La cancha lució con un marco totalmente diferente al que se vio durante toda la temporada pasada. Había una energía distinta que se sentía en el aire antes del pitazo inicial. Sobre todo era notorio en las plateas, donde incluso había gente sentada en los escalones ante la falta de butacas vacías. Solamente podían verse algunos claros en el codo de Bolívar y Pellegrini, y breves espacios en calle Bolívar. El resto, repleto.
Recibimiento especial
Cuando el equipo asomó por la manga, el cielo se tiñó de un rojo espeso. El humo de las bengalas rojas y blancas, los papelitos en el viento y la sirena sonando como hace algunos años, crearon esa atmósfera de “olla a presión” que San Martín hace tiempo no generaba. El grito de “¡Santo, mi buen amigo!” bajó de los cuatro costados: todo se veía y sonaba como si se tratara de un partido de instancias finales.
Gastón Pasquini, uno de los tantos hinchas que coparon la tribuna, se quedó unos segundos contemplando la escena antes de hablar: “La verdad que se me puso la piel de gallina. Se nota algo distinto en el aire, hay mucha gente que hoy volvió después de algún tiempo porque siente que este año puede ser. Ver que haya vuelto Lucas Diarte o que haya venido Víctor Salazar, que es tan hincha como nosotros, te hace sentir identificado con el plantel desde el minuto cero”.
El apagón encendió
Uno de los momentos más mágicos de la tarde-noche no ocurrió con la pelota rodando, sino cuando la luz se apagó. El imprevisto corte de energía se transformó en un momento de disfrute. Miles de celulares se encendieron al unísono, convirtiendo las tribunas en un show de luces. Luciano Gramajo, que observaba desde la platea, destacó la belleza de volver a ver el estadio así: “Hacía años que no se veían tantas familias y chicos; es un renacer de lo que siempre fue San Martín”. Ese marco sirvió para bajar las pulsaciones y entender que el espectáculo también estaba en la fidelidad de los que estaban presentes.
Empate con esperanza
En lo estrictamente futbolístico, el equipo mostró destellos pero también la lógica falta de ritmo del debut. Mientras caminaba rumbo a la salida, Nicolás Brizuela fue sincero al analizar el juego: “El partido fue regular. Se nota que falta aceitar el mediocampo y soltar las piernas después de la pretemporada. Pero la ilusión se renueva todos los años; yo espero una sorpresa positiva de este plantel porque se nota que hay buenos jugadores y que tienen hambre”. Por su parte, también en el playón, Matías Galarza coincidió en que al equipo le falta rodaje, pero destacó la entrega: “Me voy conforme con la actitud. En esta cancha, si no se puede jugar bien, al menos hay que dejar todo. Eso el hincha lo vio y lo premió. No hay que desesperarse”.
Madurez en el tablón
Lo más rescatable, sin dudas, fue el cambio de paradigma tras el pitazo final. A pesar del 0-0, no hubo reproches ni ese murmullo condenatorio que bajaba de las tribunas el año pasado ante el primer pase errado. La toxicidad parece haber quedado en el olvido, reemplazada por un entendimiento de que los procesos llevan su tiempo. Mariano Alderete, que fue al estadio acompañado por sus hijos, Thiago y Lourdes, graficó este cambio de era: “El clima es totalmente diferente al año pasado. Antes no podía traer a los chicos por la tensión que había, se sentía que en cualquier momento explotaba todo; hoy me voy contento a pesar de no haber ganado”. Esa madurez del hincha es el refuerzo más importante del mercado. Como bien resumió el hincha: “Esto es San Martín, estamos preparados para renegar un poco, pero bancando como siempre”. El “Santo” no pudo ganar en el campo de juego, pero se llevó un triunfo que igualmente vale mucho: recuperó la alegría y la tranquilidad de sentirse, nuevamente, en casa.